Clara es una chica alegre, una buena relaciones públicas. Podía hablar de casi cualquier cosa… menos de sí misma. Nunca me había dicho hasta entonces nada que me aclarase ese punto, pero siempre pensé que su vida, aunque aún corta, no debía haber sido fácil.

Trabajaba, hasta aquel día, 4 horas, 3 días a la semana. Es un total de 12 horas a la semana que, por muy bien que paguemos las horas, sería suficiente como para que yo me muriese de hambre, pero ella es una jovencita que, previsiblemente, vive con sus padres y quiere ese dinero para irse de compras con las amigas… previsiblemente.

Pero vayamos a aquel día…

Raúl había estado ayudando a Francisco en el hotel, así que yo estaba un poco más relajada con eso, hasta que volvió a surgir una nueva idea de mejora en el negocio (cuando algo va bien, ¿de verdad es tan necesario intentar mejorarlo?… no llegaría muy lejos si no tuviese la suerte de rodearme de personas más ambiciosas que yo, pero a veces me saturan): Francisco, realmente, es cocinero, y estaba deseando que empezásemos a servir comidas (tapas por la noche en el bar y un buen desayuno para quien se quedase en el hotel… tampoco es que quisiésemos ser el nuevo “bulli”).

A todos nos parecía una buena idea, pero para mí suponía volver a estar pendiente del hotel o dejar a Raúl todo el trabajo, y no era viable. Tendría que quitarle de encima aunque fuese la labor más mecánica, simple y desagradable: limpiar las habitaciones.

Mientras me planteaba cómo llevar a cabo estos cambios, un día, a las 4 a.m. fui a ver las habitaciones. A esa hora, nadie revisaba las habitaciones. A esa hora estaban ocupadas con gente durmiendo, pero yo iba a revisar una vacía, porque me ayudaba a concentrarme estar en el espacio sobre el que debía pensar. Nadie podía pensar que yo fuese a esa hora. Clara no podía pensar que la encontraría allí, durmiendo en una habitación que se suponía libre.

Rita: ¿Clara?
Clara: ¡Hola!
Rita: Hola…
Clara: Perdona… yo… me he quedado dormida…
Rita: ¿aquí?
Clara: es que… he bebido esta noche y no podía volver a casa…
Rita: ¿y esa maleta?
Clara: Es de una amiga… Son cosas que tengo que darle… Había guardado la maleta aquí y al subir a por ella es cuando me he dormido… Perdona.
Rita: No pasa nada, pero, aunque prefiero que no te quedes aquí, si vuelve a pasar algo así, intenta, al menos, decírselo a alguien antes de dormirte.
Clara: Sí… claro… perdona… Ya te digo que no es que pensara quedarme… es que me he dormido de pronto.
Rita: Vale. No te preocupes. ¿Te llevo a casa?
Clara: ¡No!… No hace falta… Ya me voy yo.
Rita: ¿Seguro? Si has bebido mucho…
Clara: Ya se me ha pasado.
Rita: Vale.

No es que me hiciera mucha gracia… pero tampoco me pareció importante: no era la primera que se quedaba una noche, aunque sí es cierto que, normalmente, se avisaba. Lo que sí me hizo plantearme es la posibilidad de que fuera fácil colarse, no para los empleados, sino para cualquiera, y eso sí me preocupó.

Al día siguiente, mientras hablaba con Antonio…

Hablaba mucho con Antonio. Se había convertido en mi principal apoyo. Si estaba estresada, él me tranquilizaba; si estaba demasiado tranquila, me ponía las pilas; si estaba triste, me animaba; si me mostraba demasiado entusiasta, me ponía freno… y, además, es muy guapo. No tenía con él una relación como con Ángel. No me negaba a mí misma la posibilidad de sentirme atraida por él. Era muy consciente de esa atracción, aunque no le daba importancia: Yo estaba con Ale, estaba, como había descubierto hacía poco, viviendo con Ale, estaba bien con Ale. Ser capaz de sentir una atracción por otra persona (capacidad que nadie pierde nunca, por mucho que quiera a su pareja) no iba a cambiar mi situación sentimental.

… mientras hablaba con Antonio, apareció Francisco, y le conté la anécdota de la noche anterior, así como mis nuevos miedos:

Rita: Intenta revisar las habitaciones vacías para comprobar que siguen así 
Antonio: Clara tiene acceso a la llave. No creo que haya que ponerse paranoicos
Rita: Sólo le estoy pidiendo que abra unas puertas. No es para tanto. Sólo por si acaso
Antonio: Si quieres lo hago yo
Rita: Ese no es tu trabajo, no te preocupes
Antonio: No es molestia
Rita: Pero no es necesario… ¿qué te pasa?
Antonio: Nada, sólo quiero asegurarme de que te quedas tranquila
Rita: También me quedo tranquila si lo hace Francisco… y has pasado de no considerarlo importante a querer hacerlo tú mismo para asegurarte en un segundo… en serio, ¿qué te pasa?
Antonio: Ya te he dicho que nada
Rita: Vale.

Esa noche recibí una llamada de Francisco. Había encontrado a Clara, de nuevo, en una habitación. Le dije que se quedase allí con ella y fui.

Cuando llegué empezó a ponerme las mismas excusas que el día anterior, y creyéndomelo todo, pero enfadada porque no hubiese tomado nota de la necesidad de avisar, me disponía a echarle una bronca que aparentese ser más firme de lo que realmente me apetecía ser… hasta que vi algo asomando bajo la cama…

Rita: ¿No viste a tu amiga?… esa es la maleta que ibas a llevarle, ¿no?
Clara: ¿Qué?… ¡Ah!… Sí… ahora la veo
Rita: Esa maleta es tuya, Clara… ¿Cuánto tiempo llevas quedándote aquí?
Clara: Yo… no… eh… Un mes.

Por una vez, me habló de ella:

No sabía nada de su padre desde que era una niña, y su madre se había visto obligada a dejar la ciudad para trabajar de temporera y poder mandar a Clara algo de dinero, pero últimamente lo había tenido difícil y empezó a ser al revés. Clara había mentido a su madre. Le había dicho que la habíamos ascendido, que ahora trabajaba también de camarera y ganaba más, así que, no sólo no necesitaba su dinero, sino que podía mandarle a ella algo. Pero no era cierto, y el alquiler de la habitación que tenía en un piso de estudiantes no se pagaba con mentiras, así que se colaba en el hotel siempre que había alguna habitación libre.

Rita: ¿Y cuando no?
Clara: ¿Qué?
Rita: Que qué hacías cuando todo estaba ocupado
Clara: Mentía más… Le dije a Antonio que una compañera de mi piso quería intimidad con su novio y prefería quedarme en otro lado, si él podía cederme su sofá… pero él no sabía que yo me quedaba aquí, de verdad… Vas a despedirme, ¿verdad?
Rita: ¿Cuánto pagabas por la habitación que tenías alquilada?
Clara: 180 €
Rita: Vas a pagarme a mí lo mismo por este mes
Francisco: Entiendo que la eches, pero no tiene dinero para eso…
Rita: ¿Quién ha hablado de echarla? Voy a pagarle el doble… menos 180 € el primer mes
Clara: No quiero que me pagues más de lo que merezco… Te lo agradezco, pero…
Rita: Lo vas a merecer. Vas a limpiar las habitaciones a partir de ahora, ¿puedes hacerlo?
Clara: ¡Claro!… Gracias.

Ahí se echó a llorar… pero yo sí que tenía ganas de echar una bronca, sólo que no a ella…

Rita (al teléfono): 5 noches
Antonio: ¿Qué?
Rita: 5 noches ha estado el hotel lleno el último mes, 5 noches se quedó Clara en tu casa… No eres tonto: a la tercera ya empezarías a pensar que no era casualidad y hoy casi te vuelves loco cuando sugerí vigilar más las habitaciones. Sabías que Clara se estaba quedando en el hotel
Antonio: No antes de hoy. No me he dado cuenta hasta que me has dicho que la habías encontrado allí
Rita: ¿por qué no me lo has dicho en ese momento?
Antonio: Supongo que quería protegerla, lo siento
Rita: ¿Protegerla? Desde que te conozco has sido mi Pepito Grillo, siempre sensato, pero eso no es sensato y no la protegías. ¿Qué hubiese pasado si el hotel se hubiese llenado un día en que ella no pudiese encontrarte? ¿dónde se hubiese quedado? En la calle. ¿Y qué le hubiera pasado entonces? ¿Cómo se te ocurre pensar que de lo que tenías que protegerla era de mí? (creo que aquí alcé un poco la voz… pero tenía motivos)
Antonio: Tienes razón. Ha sido una estupidez
Rita: No vuelvas a ocultarme una cosa así
Antonio: Vale
Rita: Es más, no vuelvas a ocultarme nada, ¿vale?
Antonio: ¿Nada?
Rita: Nada
Antonio: Estoy enamorado de ti
Rita:… Bueno… Vale… Dejémoslo en “casi nada”…