A veces la mejor forma de salvarte la vida es intentar matarte… Bueno, vale, no muchas veces, no es lo más normal, pero nadie dijo que Renata fuese normal…

Se supone que es bipolar, o eso es lo que le diagnosticaron al final de su adolescencia, pero no estoy de acuerdo: una persona bipolar tiene episodios maníacos y depresivos, no maníacos, depresivos, ninfómanos, dominatrix, agresivos, surrealistas, dadaístas, apamplados, sociópatas, altruistas, místicos, artísticos, estúpidos, geniales, indefendibles e indefinibles.

La conocí en un taller de fotografía, en el que a mí me dio por fotografiar cosas muertas (plantas, pájaros y esas cosas) y a ella le dio por fotografiarme a mí, de tal forma que, para intentar que ese acoso fuera menos incómodo, decidí hablar con ella, como no, de la muerte (si, lo sé a veces parezco emo, pero no os creáis, yo con la muerte soy como con el sexo: prefiero practicarlo a hablar de ello).

Se me ocurrió decirle en un momento dado “yo quiero morirme ya, sólo que soy torpe para llevarlo a cabo”, ante lo cual ella respondió, con una enorme sonrisa en los labios “¿te ayudo?”… Nunca respondáis a una broma con otra broma, salvo que estéis muy muy muy seguros de que realmente es broma… “Claro, cuando quieras”…

En los cinco días siguientes fue sometida a contención cuatro veces y llevada dos a aislamiento… mientras yo pasé mucho miedo, viendo como me perseguía con un tenedor, me golpeaba con una silla, me intentaba ahogar con una almohada o incluso me tiraba a la cabeza un zapato de claqué (a saber de dónde lo sacó), mientras cantaba por Siniestro Total (menos mal que no fue capaz de levantar un piano… aunque lo intentó).

En su última contención, mientras intentaban frenarla y a mí alejarme (para evitar el estímulo perjudicial), tuvimos una interesante conversación a gritos:

Renata: “Pero si ella quiere morir”
Yo: “Pero no sufrir”
Renata: “Pero si es sólo es un ratito, y luego tan feliz muerta”
Yo: “No voy a estar feliz por estar muerta”

En ese momento las dos nos paramos. Ella se dejó contener y yo me quedé paralizada.

Una semana después la dejaron volver al taller (dándome a mí la opción de irme, pero asegurándome que había perdido su obsesión conmigo, así que me quedé).

Supongo que yo tampoco soy muy normal. O eso debieron pensar los que me vieron acercarme a ella y proponerle que fuésemos a sacar fotos juntas.

Vino conmigo y fotografiamos pájaros… volando.

Me iban a dar de alta dos semanas después, aunque al final fue un mes, pero eso es culpa de Ruth…