Poner un nombre es algo difícil… pero nueve meses después tuve que pensar uno… Aunque creo que me estoy adelantando demasiado…

Ángel llamó… y vinieron mis tres rameras: Rebeca, Renata y Ruth.

Rebeca se puso en plan madre (ella siempre es como de tu familia: o es tu hijita pequeña a la que debes cuidar, proteger y, muchas veces – casi todas -, controlar, o es como tu madre): “¿cómo se te ocurre hacer una cosa así?, ¿sabes el susto que me has dado?”; Ruth fue más tipo abuelita: “¿cómo estás?, ¿te traigo algo?, ¿en las cafeterías de los hospitales hay tequila?” (Vale, eso último no es muy de abuela, pero es Ruth…), y Renata en plan… Renata: “he visto a un crio vomitando sangre… tendría que haber traído la cámara”.

Antes de que siguieran preguntándome, decidí interrogarlas yo: “¿Qué tal? ¿Cómo os va? ¿Qué tal el trabajo? ¿Y los hombres?…”.

Rebeca había estado trabajando en su propia empresa con su socio y novio, Joaquín, con el que acababa de cortar (con lo cual tampoco estaba muy claro su futuro profesional). Se dedicaban a la organización de eventos: bodas, bautizos y comuniones, fiestas, congresos… y, lo que realmente le gustaba a ella: conciertos.

La vocación de Rebeca estaba clara desde hace años y el resto era sólo trabajo: ella había nacido para ser grupie. Lo malo de compartir más de un par de noches con un músico es que corres el riesgo de descubrir que tras su instrumento (entendedlo como queráis…) puede haber sólo un imbécil más, capaz, además, de convertirse en la “madurez” en un aburrido hombre de negocios. Y si esa supuesta madurez llega 15 años antes que la de ella la cosa no mejora.

Así que allí estaba ella, una jovencita rubia con pinta de inocente, que ya no lo era tanto, con experiencia empresarial y con ganas de nuevos proyectos y de nuevas aventuras (y de nuevos músicos, ¿por qué no?).

Había hablado con ella alguna vez por teléfono pero, hasta que no llegó con esa nueva (aunque reconocible en mis recuerdos) actitud, no me di cuenta de cuánto la echaba de menos.

Renata seguía siendo una apasionada del arte y de la imagen. Había explorado diferentes formas de arte, la mayoría bastante excéntricas, lo cual es de valorar entre los grandes genios… siempre que no conlleve poner en peligro la vida de su público o acabar golpeando a una viejecita…

Se había ganado la fama de no ser aconsejable para quien tuviese que pagar un seguro que cubriese sus iniciativas y buscaba la forma de poder ganarse el pan sin tener que renunciar a sus inquietudes, por lo que se ofrecía a hacer trabajos algo menos libres artísticamente: diseño gráfico, diseño web, fotografía publicitaria…

Seguía viviendo con su madre: una hippie, a cuyos hábitos acusan muchos de tener cierta responsabilidad en el comportamiento de Renata, pero que la cuida, la quiere y es capaz de sacrificarse por ella como hasta en una madre es asombroso.

Ruth no había cambiado demasiado. Su hábitat natural seguía siendo una barra de bar, así que allí, de camarera, aquí o allá, sin nada fijo, es de donde sacaba el dinero y, cómo no, donde lo gastaba.

A ella de hombres es mejor no preguntarle, porque su respuesta será excesivamente larga incluso obviando a aquellos que olvida, aunque éstos sean mayoría. No estaba pasando por su mejor momento económico e iba durmiendo allí donde esa noche le ofreciesen cobijo… pisos de solteros (o que fingían serlo, creyendo que a Ruth le importaría) mayoritariamente.

Pero llegó el momento de volver a preguntarme a mí… Y no sólo ellas, sino también un asistente social empeñado en la falta de conveniencia de que volviese sola a casa sin nadie que me cuidase/vigilase.

Ángel, cual caballero andante, se ofreció rápidamente a cuidar de mí, mudándose conmigo si fuese necesario… Y nueve meses después estaba buscando el nombre perfecto… para una sala de fiestas (¿qué os pensabais?).

Pese a los presuntamente galantes pero sospechosamente húmedos sueños de Ángel, pensé que la falta de residencia de Ruth la convencería para ser la niñera que el estirado asistente pretendía imponerme, y se mudó conmigo.

Después de eso, las cuatro rameras empezamos a vernos a menudo y a pensar juntas en qué podían hacer con sus vidas una economista, una artista con muchas habilidades adecuadas para la publicidad, una organizadora de eventos musicales y una chica que sólo había trabajado en bares… pues eso: una sala de fiestas.

Y así, como movidas por una imposición de las circunstancias, pero afrontándolo con una ilusión mayor de la que ninguna de nosotras había tenido jamás por nada, nueve meses después vimos nacer a nuestra criatura… a la que, no sé muy bien por qué, se me concedió el dudoso y difícil honor de darle nombre…