Hace poco estaba con unos amigos en un bar especializado en gintonics. Yo pedí un mojito. No me entusiasma la ginebra y me da hasta cierto asquete la tónica. Estaban elogiando el maravilloso sabor afrutado de una ginebra en particular y me invitaron insistentemente a probarla. Mi cara fue la de un bebé chupando un limón… “Es que tienes que acostumbrar el paladar. El primer cigarro que te fumaste tampoco te sabría bien…” El primer cigarro que me fumé apenas lo recuerdo, porque tenía 15 años, además de ser imbécil y creerme super guay. Perdón por la expresión, pero tengo los huevos muy negros como para pensar que acostumbrarme al sabor de una bebida alcohólica sea una necesidad vital.

Pero no sólo se trata de la alimentación. Parece que necesariamente tiene que gustarte, tienes que querer para ti, lo que prime en tu contexto.

Esos mismos amigos (a los que parece que estoy criticando, pero no. Lo veo un problema social, no personal… y me caen muy bien: son mucho más que el par de ideas sueltas aquí parafraseadas) un día comentaban extrañados que una chica de sólo 28 años ya tuviese hijos y, al siguiente, advertían a otra de 33 que ya debería tenerlos. O sea, chicas, que tenéis que tener, no uno, sino 2 o 3 hijos en 5 años. No sé el paladar, pero vuestra vagina va a tener que que acostumbrarse rápido al esfuerzo…

Lo cierto es que si una chica de 21 años se siente emocional y psicológicamente preparada para ello, vive unas circunstancias que lo hacen viable y quiere tener hijos, tenerlos será una buena idea, y si tiene 40, por mucho que existan más riesgos que en otras edades, gracias a los avances de la medicina es perfectamente probable que pueda tener un hijo o una hija totalmente sanos. Así como sería una decisión correcta y nada problemática, optar porque el momento idóneo para tener descendencia sea… nunca.

También en política se nos mete esta idea. De repente tu voto deja de ser una declaración de principios para ser la jugada de un peón en una partida de ajedrez en la que, a veces, hay que dar pasos atrás para poder hacer jaque al rey (según para quién, quizás literalmente). Debemos votar a lo menos malo. Antes sólo al PP o al PSOE o, en menor medida, a IU, y ahora, de repente, por arte de magia, surgen otras opciones, como UPyD o Podemos… Pero lo cierto es que no ha habido nada de magia en esas apariciones. Si un partido minoritario consigue suficientes votos como para que pueda empezar a dejar de ser considerado tan minoritario, es porque hay gente que no acostumbra su paladar, y, si a ti ni te convence el PP, ni el PSOE, ni IU… ni UPyD, ni Podemos, sino algún otro partido, llamémosle X (guiño, guiño… aunque cada cual con su elección, que no es mi intención acostumbrar el paladar ajeno a lo que a mí me guste), vótalo.

En resumen, bebed lo que queráis, tened hijos cuando queráis y estéis preparados para ello, y votad lo que verdaderamente os pueda representar… Porque acostumbrar el paladar, no es más que una forma de perderlo, y que, al final, todo te sepa… a nada.