El verano, queridos míos, es la estación del año que más odio.

Hace un calor horrible,  eres un bicho raro si no estás morena, eres más raro aún si no te gusta la playa.

Playa: dícese de ese montón de tierra donde la gente se reúne para dar por saco a base de pelotazos (si eres pequeño, además pegarás voces a diestro y siniestro como si no hubiese un mañana), ponerse palote viendo tetas (sí, he dicho “tetas”), hablar de las tonterías que no le interesan a nadie (pero como estás en la playa con tus colegas, les tienes que sufrir), “tomar el sol” (del verbo: voy a ver si me entra un cáncer de piel, que tiene que molar), “nadar” y refrescarse (a mí no me engañáis, os metéis en el agua a mear, que lo sé yo) y un gran etcétera.

El verano no es solo playa y pescaito frito. El verano es pasarlo bien con tus colegas, disfrutar del buen tiempo, las vacaciones…  ¡y una mierda!

El verano es llegar a ese punto en el que estás desnuda, sigues teniendo un calor insoportable y no tienes aire acondicionado en casa, es el terral, es aguantar el sudor de la gente (porque sí, puede que no os lo creáis pero en verano se suda, y mucho), con lo que eso conlleva, aguantar el mogollón de gente en TODAS partes, que parece que en verano no trabaja nadie. El verano es ponerse un bikini que no acaba nunca de ajustarse como quieres, preocuparse por la figura, preocuparse por la figura de la de al lado (qué canija está la gente…), pensar que vas a hacer dieta y no hacer una mierda, celebrar tu cumpleaños y que no vaya ni Cristo a pedirte clavos, etc.

Y diréis que qué guay tomarse un heladito fresco bajo una suave brisa, ya pero ¡yo quiero castañas!

Lo único que me salva del verano son las siestas y el cine.

Dicho esto, solamente me queda decir una cosa:
Un beso, corazones.