No hay historia interesante si no lo son sus personajes. Por eso, el principio no puede ser mi nacimiento ni mi infancia, ni incluir gran parte de mi adolescencia… Hoy por hoy, cuando más aceptado tengo el riesgo de la soledad, es cuando más sociable soy y más gente es parte (más o menos importante) de mi vida, pero durante mucho tiempo el miedo a estar solo era superior a mis fuerzas, más aún por el hecho de ser un miedo absolutamente vivido, porque efectivamente estaba solo.

Una de esas personas realmente importantes es Jose Alberto: el amigo de más tiempo, el único que conservo de la época en que empezaba a saber lo que era la amistad. Hace poco se casó (con una chica que yo le presenté ya hace años y con la que también me une una relación muy estrecha… aunque no quiero adelantar acontecimientos que me queda mucho para contar). Fue bonito ver su boda, aunque yo suela odiarlas, y aunque no estuviera Cris para acompañarme…

Pero no voy a remontarme tanto. Sin amistades como la suya (sobre todo la suya) no sería la persona en que me convertí, pero si los personajes deben ser interesantes, más aún el protagonista, y yo era muy soso por aquel entonces (salvo cuando me ponía dramático y quemaba notas de amor borracho en mitad de una plaza, me bebía una botella de vodka a pelo por impresionar a alguien, montaba una revolución contra un profesor chiflado o participaba sin querer queriendo en un complot al más puro estilo de “la reina cotilla”… Después de todo, mi barrio no era precisamente el Upper East Side, pero cuando tu madre te obliga a estudiar en un colegio privado/concertado de jesuitas, conoces a muchas princesas y ejecutivos agresivos de 15 años, que se creen importantes porque su papi vende aire y compra relojes de imitación).

La razón de estudiar yo en tan “exclusivo” centro es que mi madre trabajaba allí (salir a la calle en el recreo antes de la edad a la que se te permitía se hacía especialmente difícil cuando en la ventanilla de recepción, al lado de la puerta de salida, asomaba la cabeza de la autoridad materna… sentirse “fichados” por ella pudo ser una de las razones para que no muchos compañeros estuviesen dispuestos a pasar por mi casa de visita… pero no la única razón, que ya os digo que era soso).

Vayamos a otro principio posterior, que, como todos los principios, llegaba con un final: el de mi vida escolar.

Mi madre se sintió muy decepcionada por mi decisión de no estudiar una carrera universitaria, al menos, de forma inmediata. Lo cierto es que, a esa edad, no tenía ni idea de lo que quería hacer con mi vida, y entrar en una carrera por hacerlo, poniendo en la solicitud las que menos repugnancia me despertasen en orden alfabético por poner un orden, aunque típico, no me pareció el mejor plan de futuro. Curiosa decepción cuando de ella heredé el sentido común y aprendí la necesidad de contacto con la realidad que me hacían preferir un año de trabajo, para acercarme al mundo laboral y definir metas reales, a ponerme a estudiar lo que fuese como preparación para un destino incierto.

Tuve un montón de trabajos, en lo que no fue un año, sino cinco: camarero, reponedor, comercial, dependiente, payaso en fiestas infantiles… hasta que me convertí en monitor de un programa de prevención en la “4.A” (Asociación para la Atención del Adolescente Adicto). O sea, repartidor de folletitos y condones…

El programa, centrado en el llamado “alcoholismo de fin de semana” y en la prevención de adicciones a otras drogas, se basaba en dar paseos informativos por el “botellódromo” oficial de la ciudad, leyendo folletos sobre las consecuencias de tomar ciertas drogas e incluso las precauciones a tener en cuenta en caso de decidir tomarlas, para minimizar riesgos, a la par que, en un esfuerzo, teóricamente, de aumentar el ámbito de la prevención, pero, sobre todo, de conseguir que nos hiciesen algún caso, repartíamos condones. Y se nos conocía como los “condoneros” (por cierto, si les encontráis, tened en cuenta que las subvenciones del ayuntamiento no dan para “durex sensitive”… para un apuro puede valer, pero comprad vosotros y no seáis tacaños).

En ese trabajo me metió Jose Alberto, que es un educador de verdad (ahora trabaja en un parque infantil), pero el trabajo tampoco exigía tanto. Jose Alberto es la persona más formal y a la vez más alocada que conozco. Por una parte, está supercentrado: él sí tuvo clara su vocación desde muy joven (le apasionan los deportes y, más aún, la educación, así que se hizo monitor deportivo y luego educador social), siempre sabe qué es lo correcto, es generoso, educado, respetuoso, abierto y tolerante, pero prudente. Pero, como hombre preocupado por su salud, sabe lo sano que es dejarse llevar a veces y es también impetuoso, divertido e imprevisible.

Recuerdo una vez que yo había planeado un viaje con meses de antelación, yo solo, por desahogarme y, la noche antes de salir, él dijo, aparentemente como una frase sin demasiada importancia, como uno de esos deseos que sabemos que no cumpliríamos realmente, “si hubiésemos cobrado ya, me iba yo también”. Le informé de que habíamos cobrado ese día, se fue a hacer la maleta rápidamente y tres horas después estaba en un autobús conmigo rumbo a la aventura. Una aventura que fortaleció nuestra amistad más incluso que todos los años previos desde que le conocí. Una aventura que también fue un buen principio…