Durante toda mi vida había considerado las relaciones personales como experiencias, circunstanciales, con un principio y un final. Mis amigos del colegio lo fueron mientras estudiaba allí y los que hacía en un trabajo duraban lo mismo que el alta en la seguridad social. Les llamaba muy pocas veces, o ninguna, sólo cuando sentía la necesidad de salir de mi casa o cuando me apetecía hablar (o escuchar más bien, que siempre se me dio mejor) con alguien. No quiere decir esto que no me importasen o que no los valorase, soy de los de mejor sólo que mal acompañado, pero sentía la necesidad de dejar espacio a experiencias nuevas.

Normalmente, eran ellos los que debían llamarme y, al darse cuenta, dejaban de hacerlo. Y no les echaba de menos, por mucho que sintiese haberles querido. Nunca eché de menos hasta que conocí a Jose Alberto. Quizás porque nunca dejó de llamar, ni después de terminar la escuela, ni tras acabar el trabajo en el coincidimos más tarde. Quizás me acostumbré a él y ahora, cuando paso un tiempo sin verle, le extraño muchísimo. Su amistad llegó casi como una imposición pero un día decidí que quería conservarla… Pero somos muy diferentes y, a veces, también, le echo de más: a él, a su vitalidad, a sus expectativas…

En Madrid, cuando aún ni había aprendido a echarle de menos, ya le eché de más. Nos lo pasamos genial, hacíamos de cualquier contratiempo una aventura que recordar y con él me reí como nunca, pero en cada una de esas aventuras me hacía sentir como el fiel escudero, como el “Robin” que acompaña al gran “Batman”, y empezaba a necesitar mis propias aventuras (convertirme en “Nightwing”, si se me permite la frikada comiquera), así que puse una excusa, no se la creyó, le dije que necesitaba descansar de él, se enfadó y me fui.

Pero vamos ya a aquello que me cambió la vida.

Aunque, a riesgo de quedarme sin audiencia, debo explicar primero qué vida era esa, pero seré breve: trabajé de cien mil cosas diferentes, pero de vocacional tenían lo mismo que Renata de equilibrada… Y, salvo que ya conozcáis a mi hermana y a sus amigas, diréis: “¿quién carajo es Renata?”. Pues la que me cambió la vida antes incluso de conocerla de verdad…

Aburrido por Madrid (sí, puede pasar) y dando un paseo me fijé en un cartel. Anunciaba una “performance” de una artista llamada Renata y el cartel, diseñado por ella misma, me llamó la atención: Un tanto barroco para mi gusto pero con un efecto llamada que casi resultaba hipnótico, así que fui.

Era un espectáculo muy multidisciplinar: una pequeña obra de teatro absolutamente surrealista, las paredes llenas de obras muy variadas (pintura, dibujo, diseño, fotografía…) y la temerosa participación del público… pero temerosa con razón y con miedo por sus vidas.

Nada más entrar, me llamó la atención una de las obras: sencilla pero efectiva, directa, un tanto destructiva, exacta y acorde con mis pensamientos… pensamientos estúpidos que me hacían sentir estúpido…

No quiero contaros ahora muchos detalles de lo que pude ver en el escenario (quizás algún día lo haga ella directamente), pero sí os diré que tuvo un final incendiario… literalmente. Cuando la anfitriona salió al escenario, tiró un par de antorchas situadas al extremo por el que entró: Un simple accidente que puso muy nervioso a todo el mundo, si no fuera porque, pese a que la cara de actores y personal de seguridad dejaba muy claro que la situación no estaba precisamente controlada, no fue un accidente… Ella se quedó allí, estática, diría que extasiada, siguiendo con la mirada el recorrido de las llamas que parecía dirigir por control remoto en dirección a sus obras. Miró a un punto concreto, al igual que lo hacía el fuego: a mi dibujo. Sí, mio, porque debía serlo, y fui en su busca. Me costó alcanzarlo, me costó salir, y por poco no me cuesta la vida, pero debía salvar esa obra.

Fui el último en salir (nada que lamentar, sólo algún herido leve) y hasta la “piro-artista” estaba ya fuera (con un ladrillo en la mano y una señora con una brecha en la cabeza a los pies, pero eso es otra historia). Me miró, miró su obra, que ya no era suya sino mía, corrí, no me siguió, no se preocupó, creo que hasta sonrió con cierta satisfacción.

Volví al hotel, hice las paces con Jose Alberto, volvimos a casa y unos meses más tarde regresé a la capital, esta vez como estudiante de eso que siempre había sido un hobby: arte… Y así conocí a Cris…

Aún conservo ese dibujo.

Imagen: Diana Villoslada