Otro día igual. Vuelvo a mantenerme despierto hasta que no puedo contener más las lágrimas, e intentando dormir entonces al ver que tampoco puedo llorar.

A veces paso despierto varios días, intentando aprovechar al máximo los momentos en que consigo cierta paz, y a veces paso días en cama, despertando después para ver que la vida sigue, pero que, al haberla dejado pasar, ahora es aún peor, más frustrante, más lejana. Y entonces tengo claro que nunca llegará ese día en que me despierte diciendo “ya está, ya pasó”…

Si Cris estuviera aquí, me llevaría a comer a algún sitio raro, de aspecto poco higiénico y menú sospechoso, de dónde conoce un plato maravilloso que yo nunca había probado y que al día siguiente ya me tendrá enganchado, y me quitaría la tontería a bocados si hiciese falta… Pero Cris no está aquí, ni en ninguna parte, y esa es la tontería que nadie puede quitarme: que lo único que “ya pasó” fue que estuviese a mi lado y todo lo que eso significaba, y la esperanza de tener a alguien más así en mi vida, y de tener una vida en la que pudiese merecer la pena dar la bienvenida a nadie.

Y no es que esté solo. Hay gente a mi lado que intenta pegarme esos bocados para quitarme la tontería, y les aprecio, les quiero, pero a veces también me dan igual, porque no tienen ningún plato nuevo al que engancharme… Aunque no siempre fue así, no siempre me importó tan poco el mundo ni las personas que se supone que lo hacen, y antes de veras lo hacían, maravilloso.

Me quedan los recuerdos. Y ahora mismo recuerdo a Rocío: mi “socia”.

Con ella todo era un nuevo proyecto en el que adentrarnos juntos. Fue en el curso de enseñanzas artísticas que hice en Madrid donde la conocí (igual que a Cris… no, aún no es hora de dormir) y desde el primer día en que hablamos resultaba difícil separarnos.

Nunca tuvimos mucho que ver en nuestros gustos por el arte, pero sí compartíamos una visión de lo que era la profesión artística, con una ética similar, así como un concepto similar de la creatividad, con nuestras demasiado vivas imaginaciones, nuestro absurdo sentido del humor…

Al principio, en clase, íbamos cada uno a nuestro rollo y ni habíamos llegado a presentarnos, pero yo me había fijado en sus fotografías y la consideraba una profesional. Por aquel entonces, todos entrábamos en un montón de proyectos donde poner a prueba lo aprendido y aprender más, y yo entré en la organización de un festival de música independiente. No teníamos fotógrafa y me acordé de Rocío.

Lo único que aprendimos allí es a cómo no hacer las cosas, y que sólo merece la pena hundirse con el barco si eres el capitán… pero, si eres un remero esclavizado, salta a tiempo al agua. Saltamos a la vez y creo que, desde que la conozco, seguimos en el aire.

Aunque nuestra formación, y nuestras inquietudes, abarcasen casi todas las formas de arte, ambos teníamos dos pasiones dividiéndonos. En mi caso, la música y la literatura, en el suyo, la fotografía y la danza. Podíamos coincidir en algunos puntos (música y danza van irremediablemente unidas), pero no fue hasta más tarde que encontramos nuestra tercera pasión, por fin, común.

En una ocasión, participamos en un proyecto de colaboración entre nuestra escuela y los alumnos de Bellas Artes. Una mañana dimos una vuelta por el campus universitario (por cotillear, y porque un curso de un año, por intensivo que sea, no te asegura ningún futuro…). Llegamos a un centro en el que se dedicaban a la investigación, tratamiento e integración social de personas con discapacidad. Nos informamos y nos interesamos. Ambos nos ofrecimos, más tarde, como voluntarios en una asociación de parálisis cerebral (o disfunción motora o como se llame… Sé que los nombres son importantes para los académicos – nunca lo fui – y para concienciar – ya lo estoy – pero a mí los únicos nombres que me importaban eran Pepe, Antonio, Borja…), cerca del campus universitario. Yo terminé trabajando allí como cuidador, mientras ella se centraba en, aún como voluntaria, organizar actividades con la coordinadora de ocio y tiempo libre. A veces les llevaba a espectáculos, y otras veces llevaba el espectáculo a la asociación.

Como siempre, yo actuaba según las circunstancias, mientras ella pensaba en cómo mejorarlas.

Con los años perdimos el contacto. Yo dejé de trabajar en la asociación para dedicarme al diseño (una cuarta pasión en mi vida, aunque algo tardía) y ella unió sus pasiones…

Actualmente, expone dónde puede (que no son pocos lugares) las fotografías que toma a sus alumnos en el CeDIS (Centro de Danza para la Integración Social de personas con Discapacidad), del que es fundadora y directora.

Después retomamos el contacto, pero esa es otra historia… Con tan buenos recuerdos, creo que aún aguanto despierto un rato más…