Segundo semestre del curso. Asignatura optativa: diseño sonoro.

Rocío y yo nos habíamos apuntado a esta clase casi exclusivamente por compatibilidad horaria con otras actividades… y por seguir a otra parejita de amigos, con quienes estábamos deseando hacer un “intercambio” no tan amistoso.

El primer día de clase coincidió con mi cumpleaños y Rocío había decidido organizarme una fiesta con la gente del curso sólo para invitarles.

Rocío era mi mejor peor influencia. Yo siempre había sido más bien tímido, pero con ella no había manera. Si yo quería acercarme a alguien y no sabía cómo, ya lo hacía ella por mí. Además, en lo que respecta a mis posibilidades románticas, siempre fue mucho más optimista que yo: mientras yo pensaba “jamás se fijará en mí”, ella decía “creo que te está mirando”.

Rocío y Diego (su objetivo para el “intercambio”) ya habían tenido su tonteo, pero era uno de esos tíos que parecían pensar que si una chica les cogía de la mano en la tercera cita es que era una guarra… para Rocío eso era un reto que tenía que superar (aunque después de conseguir follárselo le mandara a paseo… es que ella un poco guarra sí que ha sido siempre, eso sí, a mucha honra), pero en realidad lo que más quería era provocar el acercamiento entre la otra parte y yo.

La otra parte era Carlos, que me encantaba, pero dejó de existir para mí en el momento en que entró en el aula Cris… Cristóbal.

Cristóbal me hipnotizó desde el primer instante. Su forma de explicar hacía que la asignatura que parecía puro trámite fuese de repente fascinante: ¿sabíais que el ruidito al abrir un bote hermético a veces está añadido artificialmente para que se perciba ese hermetismo? ¿o que hay modelos de coches, completamente eléctricos y perfectamente funcionales, que aún no se comercializan porque son demasiado silenciosos y se sigue buscando la forma de que suenen como los motores de gasolina?… Puede que os parezcan sólo anécdotas tontas, pero eso es porque os lo cuento yo y no él.

Y por primera vez me daba cuenta de que alguien me estaba mirando. Me lo explicaba a mí, y sólo miraba a veces en otras direcciones por respeto al resto de los alumnos.

Al terminar la clase, me sonrió y salió del aula a paso lento, invitándome a seguirle… Rocío me daba prisa para llegar al lugar de celebración de mi fiesta. Yo le dije que iría enseguida, que quería antes consultar unas dudas con el profesor. No hubo miradas de complicidad, ni frases de apoyo. Por una vez, ella no se dio cuenta de lo que pasaba por mi cabeza.

Lo alcancé (no fue difícil… nunca he visto a nadie andar tan lento… me estaba esperando) y, en efecto, consulté dudas. Pero estaba tonteando. No era tímido, ni discreto, ni inseguro… sólo quería disfrutar de cada frase, de cada idea, de cada palabra, de cada gesto, de cada mirada que pudiésemos compartir, y por fin…

Cris: Oye, si quieres podemos seguir hablando tomando algo. Conozco un sitio que tiene un hummus buenísimo. Te invito a cenar.

Raúl: Vale… ¿qué es el hummus?

Cris: Una pasta de garbanzos… sabe mejor que como suena.

Raúl: Siendo tú quien lo describe debería ser al revés, que para algo eres especialista en que las cosas suenen bien… pero me gustaría probarlo.

Ese año no fui a mi propia fiesta, pero nunca tuve mejor regalo.