Iris de veras amaba a Felipe.

Le conoció en el instituto y fue su primer amor. Con él lo descubrió todo. A su familia no le gustaba. Los padres de Iris eran bastante conservadores, mientras que Felipe había sido educado en un ambiente bastante más liberal. El hijo de una familia hippy ganándose el corazón de la niña rica. Podría considerarse la típica historia adolescente, en la que todo parece una versión azucarada de Romeo y Julieta, salvo por el final, menos dramático… aunque, generalmente, igual de rápido.

Pero Iris y Felipe eran algo más que la aventura de dos jóvenes rebeldes en busca de la atención de sus padres. De verdad se amaban.

Con 16 años huyeron de sus casas para unirse a una comunidad muy del estilo de la familia de Felipe, aunque algo díficil para Iris, acostumbrada a ciertas comodidades a las que había renunciado. Pero no las echaba de menos, ni mucho menos se arrepentía de su decisión, porque de veras lo amaba.

Felipe era un joven triste, antes de Iris. Por eso él le decía que ella había sido el arcoiris que se ve entre la lluvia. De ahí su nombre, Iris, que no fue el que sus padres le pusieron, aunque sí el que decidió tomar para sí tras la huida y que, años más tarde, cuando fue posible, cambió legalmente.

Pero no sólo era triste… algo más le ocurría, aunque aún no lo supiesen.

Iris tuvo que volver con sus padres. Era menor y estaba fugada, así que, en cuanto los llamaron del hospital, se la llevaron. Llegó al hospital porque Felipe la agredió, sólo una vez, y ella aún lo amaba de verdad.

No defiendo el maltrato, pero es que Felipe no era un maltratador. No sabía lo que hacía. Aún nadie lo había llamado esquizofrenia, pero Iris sabía que algo le pasaba que él no podía controlar. Pero ahora ella tampoco podía estar para ayudarle.

En cuanto cumplió los 18, volvió a irse, esta vez sin necesidad de huidas sutiles. Simplemente, rellenó una mochila y salió por la puerta, decidida a encontrar de nuevo a su gran amor.

Las verdaderas historias de amor no suelen ser fáciles, por lo que no es de extrañar que no le encontrase donde lo dejó, pero no se rindió, siguió buscando y tardó casi dos años en encontrarle, pero lo hizo.

Mientras le buscaba, había encontrado un trabajo en un bar y había alquilado un pequeño apartamento. Puso un anuncio en una revista que Felipe solía leer, para ver si le localizaba de esa forma y, una noche, escuchó el timbre. Antes de abrir, de alguna forma ya sabía que era él.

No se contaron nada, no preguntaron “¿dónde has estado?”… sus corazones y sus intelectos se extrañaban, pero sus cuerpos lo hacían con mayor urgencia, por lo que, en vez de decirlo con palabras, decidieron sólo demostrar en acto su amor.

Iris se despertó angustiada, al notar la ausencia de Felipe en la cama. Le vio revolver los cajones, mientras susurraba para sí: “¿dónde está?, ¿donde?”. Algo le pasaba de nuevo. Ese algo aún sin nombre, pero que Iris sabía que era una enfermedad, que escapaba a su control.

Al acercarse a él, y poner la mano sobre su hombro, Felipe, en lugar de calmarse, se avalanzó hacia ella. Iris sólo se apartó, dejando que el impulso de Felipe le llevase por otro camino. Un camino que, vió tarde, llevaba directo a la ventana de ese sexto piso, y al final dramático de un verdadero Romeo.

Estuvo casi dos meses sólo llorando su pérdida. No parece tanto tiempo para un amor tan grande como el suyo, si no fuese porque ese fue el tiempo que tardó en descubrir que le tendría de vuelta, al menos en cierta forma, que una parte de Felipe estaba esperando a renacer dentro del cuerpo de Iris. Quizás por eso eligió para su hija ese nombre: Renata.

Ahora, en el asiento de atras de aquel coche, camino del hospital, ve el miedo en la cara de Rebeca, y lo puede entender, aunque sea amiga de su hija… pero ella no tiene miedo.

Ha tenido una crísis y provocado un accidente en la sala de conciertos en la que trabaja con sus amigas, dice cosas sin sentido, e Iris sabe que, en ese estado, puede ser peligrosa, para otros o para sí misma, pero también sabe que la persona a la que sostiene entre sus brazos es, sin duda, el gran amor de su vida y que nunca la abandonará. Porque de veras la ama.