El “punto G”, anatómicamente hablando, no existe. Lo siento. Pero no lo siento por mí, sino por ellos, dado que sí es posible que la estimulación de una zona (ni tan concreta, ni tan fija, ni físicamente diferenciada) de las paredes de la vagina produzca un maravilloso orgasmo sin igual, en determinadas circunstancias, pero ni es tan fácil como meter y apuntar, ni vale la excusa de “perdona, cariño, pero tu coño es un laberinto y no llevo GPS”…

El primer requisito indispensable para que esta sensación de haber encontrado el “punto G” se produzca es un estado de verdadera excitación en la mujer, para lo cual, es preciso que su pareja le eche algo de trabajo e imaginación… Jesús entendía esto a la perfección…

Era enfermero en el centro y tenía la polémica costumbre de tirarse a todo lo que se moviese por ahí (sin llegar a ser un violador… solo a las que estaban, al menos en ese momento, en pleno uso de sus facultades mentales… aunque, como parece lógico, su historia acabase en un escandaloso despido).

Había escuchado ya varias historias sobre Jesús y su apasionante habilidad para saber lo que cada mujer necesitaba de él…

A Rebeca la trató bien. Tomándola con fuerza, con decisión y total masculinidad, pero con delicadeza, protegiéndola, haciéndole sentir segura, cuidada por el abrazo fuerte de un caballero andante, dispuesto a llevarle en una mano la cabeza de un dragón y en la otra una rosa blanca.

A Renata la trató mal… O aún mejor, según se mire. Con pasional violencia, encontrando, sin aparente esfuerzo y sin dudas, el equilibrio perfecto entre el placer y el dolor. Jugando con los roles: agarrándola fuertemente del pelo, para llevarla a su primitiva cueva de nuevas sensaciones, o dejándose azotar más tarde en castigo. Tomando o cediendo el control, o perdiéndolo por completo en una explosión del descubrimiento que sólo se alcanza sin pudores.

Con Ruth fue divertido, ingenioso, imaginativo, picante. Le hizo reír, sentirse cómoda, liberada, cómplice… y le hizo gritar…

La primera vez que me sonrió pensé “llegó mi hora”, pero el proceso fue más lento de lo que esperaba. Antes de invitarme a probar sus habilidades, estuvo un tiempo rondándome, siendo exageradamente amable, mientras yo me impacientaba por mi turno…

Por fin una noche me invitó a su cuarto, con innecesarias excusas. Una vez allí, me besó con aburrida dulzura y un prolongadísimo e inocente coqueteo. Tendió, por fin, su cuerpo sobre el mio, no sin cierto aire de indecisión y falsa prudencia y dijo “no quiero ir demasiado deprisa, pero me cuesta estar lejos de ti, eres muy especial, jamás había conocido una chica como tú… Creo que… te quiero”…

Me levanté hastiada, soportando como insistía en su papel al preguntarme si había hecho algo incorrecto y disculpándose por su precipitación, cuando, en un desahogo de mi frustración le grité “¿de veras crees que eso es lo que quiero?, ¿que eso es lo que soy?… ¿una chica virginal e ingenua esperando entregar su flor a su primer amor verdadero? ¡No me jodas!… literalmente. Adiós” y salí de allí con un portazo.

A partir de entonces, me seguía como un perrito faldero, no sé si por no saber aceptar un fracaso en su historial, por miedo a que, al contarlo, yo minase su reputación o por haberse acabado creyendo la fantasía que había elaborado para mí. Tanto me atosigó que acabé por seguir un consejo de Renata: “Si realmente quieres castigar a un hombre: fóllatelo mal”…

Al salir del centro, no eché de menos a Jesús, pero sí los consejos de Renata… y las anécdotas de Rebeca y las borracheras con Ruth…

Entre ellas apenas ni habían llegado a conocerse y, aunque yo mantuve cierto contacto con las tres, cada una de ellas acabó por hacer su vida y yo, por mi parte, hice la mía… hasta que… dos años después…